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Las colonias en
vísperas de la independencia -
Los precedentes de la independencia
- La lucha por la
independencia -
Consecuencias de la independencia
Al comenzar el siglo XIX, el
imperio colonial de España en América lo componían una serie
de entidades administrativas con unas dimensiones
territoriales inmensas. El amplio espacio geográfico que iba
desde México a la Patagonia, excluyendo Brasil, se dividía
en cuatro virreinatos: Nueva España, Perú, Nueva Granada y
Río de la Plata, además de cuatro capitanías generales: la
de Guatemala, Venezuela, Chile y La Habana.
La emancipación de estos
territorios americanos se desarrolla en líneas generales
entre 1808 y 1825. Estas fechas coinciden con los años en
que Europa se ve también convulsionada por una serie de
acontecimientos como los últimos años del imperio
napoleónico, el intento de las potencias, a partir de 1815,
de restaurar el orden europeo anterior a la Revolución de
Francia, y los primeros estallidos revolucionarios de corte
liberal y nacionalista de los años 20 del siglo XIX.
Durante la Alta Edad
Contemporánea se pueden considerar dos ciclos
revolucionarios en el mundo occidental. Un primer ciclo, que
engloba la independencia de las trece colonias británicas de
Norteamérica y la Revolución Francesa de 1789; y un segundo
ciclo, en el que se incluirían la independencia de las
colonias iberoamericanas y las revoluciones liberales
europeas de 1820, 1830 y 1848.
Se ha debatido mucho, sobre la
naturaleza de los procesos revolucionarios e
independentistas, que se inician a finales del siglo XVIII y
que afectan de manera directa o indirecta a América y
Europa.
La naturaleza del proceso
emancipador americano, que durante mucho tiempo la
historiografía ha intentado explicar en clave maniquea,
presenta una gran complejidad. Unos han dicho que se
trataría de la revolución liberal llevada a Hispanoamérica
como consecuencia de la proliferación de las nuevas ideas
progresistas. Para otros, se trataría de una reacción
tradicional en defensa del usurpado Fernando VII, frente a
las reformas ilustradas, racionalistas y afrancesadas, del
usurpador José Bonaparte.
Hay quienes defienden el peso
de lo ideológico en el proceso, mientras que otros han
considerado insignificante su influencia. Los partidarios
del populismo se opusieron a los que consideraban que el
fenómeno emancipador fue el resultado de la decisión
unilateral de minorías, que verían así cumplidas sus
aspiraciones de protagonismo político, frente a los
funcionarios de la metrópoli.
Ante tales discrepancias, que
la historiografía de los últimos años ha ido matizando con
menos apasionamiento[1],
es un hecho que el proceso emancipador Hispanoamericano
permitió la formación de una serie de repúblicas organizadas
políticamente según el modelo del Nuevo Régimen.
En rigor, la emancipación
produce el paso de una unidad colonial administrativa,
económica, social, política y cultural -aun dentro de
radicales diversidades-, a una diversidad de tipo nacional,
en la que, sin embargo, existen importantes fuentes
cohesivas.
En cualquier caso, la
emancipación supuso un alto coste tanto para la metrópoli
como para las nacientes repúblicas; para aquélla, porque
supuso, entre otras cosas, perder buena parte de su
prestigio internacional, y causa importante de su
hundimiento económico; para éstas, porque condujo a una
fragmentación insoluble y les dejó planteados graves
problemas políticos para su posterior andadura como naciones
independientes.
Las colonias en vísperas de la
independencia
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La sociedad -
La economía -
Las ideas
La sociedad
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La política española de
considerar los territorios del inmenso continente americano
como prolongación de la metrópoli, con la división
administrativa de reinos y provincias ultramarinas,
reproduciendo en su mentalidad, instituciones, cultura y
costumbres, por fuerza tenía que conducir a una madurez y a
un desarrollo, que en el siglo XVIII era evidente,
reflejándose en el esplendor de las principales ciudades. La
prosperidad, estabilidad y orden de los territorios
americanos, podía hacer pensar que eran razones poderosas
para no temer ninguna crisis.
Si España se hubiera limitado
a una explotación económica del territorio, aislando a la
población indígena y renovando continuamente la española,
acaso el dominio político se hubiera prolongado más tiempo.
Pero la emigración continua y el mestizaje dieron lugar al
desarrollo de una sociedad compleja.
La sociedad aparecía
rígidamente estratificada. En los territorios de los
virreinatos más antiguos aparecía una gran población de
color, indios, negros o mestizos, con un nivel económico
bajo. La gente distinguida, era relativamente minoritaria, y
casi todos eran blancos o casi blancos. Unas pocas familias
mestizas distinguidas mantenían su relevancia social en
Nueva España y en el Perú. Este grupo social comprendía los
altos funcionarios, eclesiásticos, abogados, médicos,
grandes propietarios, comerciantes y en algunos lugares unos
cuantos maestros artesanos prósperos.
Por otra parte, entre la
minoría blanca existía una diferenciación, más de hecho que
de derecho, la que se daba entre los españoles de América,
los criollos, y los españoles peninsulares, "gachupines" o
"chapetones", en su mayoría funcionarios o eclesiásticos,
que desempeñaban en las Indias cerca del 80 % de los altos
puestos de gobierno.
Dando algunas cifras podemos
decir que hacia 1800, la América Hispana tenía unos 17
millones de habitantes, de los que apenas 4 eran de raza
blanca, de ellos, entre 150.000 y 200.000 eran españoles
peninsulares, el resto eran criollos de varias o muchas
generaciones.
Otro de los rasgos propios de
la sociedad hispanoamericana era el mestizaje. La escasez de
prejuicios raciales de los españoles, había dado lugar a una
complicadísima mezcla. Mestizos, descendientes de español e
indio, mulatos, cuando eran de español y negro, zambos,
pardos cuarterones, etc. Este hecho venia a superponerse y a
complicar la estratificación de la sociedad colonial.
En relación con la
emancipación, el principal protagonista del proceso será la
minoría criolla. Y esto por dos razones. De una parte, los
criollos enriquecidos por el comercio y la propiedad
territorial, y formados intelectualmente en principios
ilustrados y liberales, aspiraban al usufructo del poder,
desde el que proceder a las necesarias reformas del aparato
administrativo y al desarrollo de la vida económica,
haciendo desaparecer los monopolios de la metrópoli.
Su enfrentamiento con la
Administración peninsular se basaba en el rechazo tanto de
la política reformista de los Borbones, que acentuó las
cargas fiscales y la centralización, como de la política
proteccionista en favor de los indígenas frente a las
exacciones de los criollos.
Por último, sus aspiraciones
al desempeño de cargos en la administración quedaban
reducidas a la administración local, sobre todo en los
Cabildos y en menor medida en las Audiencias, y en las
milicias populares. Esto explicará que el enfrentamiento
entre los Cabildos y las Intendencias fuese uno de los
motores más activos del movimiento emancipador.
La cúspide de la minoría
criolla estaba formada por los patricios, que se
consideraban los herederos de los conquistadores y ejercían
una gran influencia en el contexto social. En las ciudades
formaban oligarquías cerradas y controlaban la mayoría de
las actividades del gobierno local. Profesaban una lealtad
tradicional al lejano rey y trataban con deferencia a los
virreyes, pero al resto de los funcionarios peninsulares los
miraban con desprecio. Los roces eran especialmente agudos
entre el ejército y la milicia provincial.
La participación del resto de
los grupos sociales en el movimiento emancipador fue
prácticamente nulo, quizá algunos grupos de mestizos, pero
más por su dependencia social y económica de los criollos
que por un convencimiento de la necesidad de la
emancipación. A los indios les resulta incomprensible el
significado y las ideas que impulsarán la Independencia.
También quedarán al margen los negros, en su mayoría
esclavos y sin ninguna consistencia social. Solo el caso de
México constituye una excepción. Aquí se alzan gentes del
pueblo, mestizos, y hasta indios, y también excepcionalmente
se registran hechos de masas. Lo que resulta difícil es
pensar que estas masas, que daban vivas a Fernando VII y a
la Virgen de Guadalupe, supieran lo que era la emancipación
respecto de España.
La base social de la
Emancipación estuvo, por tanto, en la lucha de dos
burguesías enriquecidas, la criolla y la peninsular, pero
con intereses contrapuestos. Esta rivalidad unida a un
creciente sentido patriótico, preparó las bases ideológicas
de la ruptura.
La economía
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Durante el siglo XVIII, las
colonias españolas seguían obligadas a comerciar sólo con la
Metrópoli (España), a través del monopolio que ejercía la
Casa de Contratación. Monopolio que desapareció de hecho a
partir de 1778 en virtud de la pragmática de Carlos III que
establecía el libre comercio entre América y España, que
determinó el rápido enriquecimiento de muchos comerciantes
criollos. Riqueza que en parte serviría para financiar el
movimiento independentista.
Sin embargo, América quedaba
excluida del acceso directo a los mercados internacionales.
En 1797, los terratenientes y comerciantes criollos pedían
mayor libertad de comercio con los extranjeros y rechazaban
el monopolio de la metrópoli.
En este contexto se entiende
el apoyo de Estados Unidos y Gran Bretaña a la empresa
independentista, por su interés en desplazar a España y
sustituirla en el control político y económico del espacio
americano.
La rivalidad económica entre
los criollos y los peninsulares fue otro factor poderoso en
el desarrollo de un sentimiento de rechazo hacia la
metrópoli. Sin embargo, la rivalidad principal más evidente
no era tanto entre la colonia y la metrópoli como entre
poderosos grupos de hombres de clase media, los grupos
criollos de Lima y México y el grupo peninsular de Sevilla.
Se peleaban continuamente, no sólo para aventajar al otro en
los tratos comerciales, sino para asegurar los favores
legislativos de la Corona. El grupo español procuraba
fortalecer el monopolio legal de Sevilla, los criollos se
esforzaban por debilitarlo mientras retenían sus ventajas
locales.
Por su parte los criollos se
dieron cuenta que el único medio eficaz para lograr un
desarrollo económico autónomo consistía en usurpar el poder
político de los funcionarios españoles. A esa actitud
respondieron las sociedades económicas de amigos del país,
los consulados de comercio y los cabildos.
Las ideas
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La caracterización histórica
de este periodo es el resultado de un largo proceso previo
de formación ambiental sobre dos supuestos básicos. En
primer lugar la formación interna de una conciencia
emancipadora y, en segundo lugar, la coincidencia con el
ciclo revolucionario general que arranca con la
Independencia de las colonias británicas de norteamérica, y
sigue con la revolución en Francia, en donde algunos líderes
independentistas, como Miranda, habían participado
directamente.
Es evidente la vinculación de
los movimientos independentistas iberoamericanos con las
ideas y pensamientos ilustrados nacidos en Europa durante el
siglo XVIII. En la realización práctica de aquellos
principios sirvió de pauta el ejemplo de la emancipación de
las colonias británicas de Norteamérica que acababan de
conquistar su independencia.
En la América española y
portuguesa las "luces" habían penetrado a pesar de los
controles de la corona. La burguesía y la nobleza criolla
leían las obras de los filósofos franceses. No solo eran
bien conocidos Diderot y Franklin, sino también Rousseau y
Raynal.
En 1793 Nariño publicó en
Bogotá una traducción de la Declaración de los derechos del
hombre y del ciudadano, de la que se publicaron varios
centenares de ejemplares y que despertó la curiosidad de los
criollos que eran casi los únicos que sabían leer, aunque
provocó la reacción inmediata de las autoridades. El 1 de
noviembre de 1794, el capitán general de Caracas ordenó el
embargo del mismo, Nariño fue arrestado junto con una docena
de amigos y dos médicos franceses. Condenado fue deportado a
España, pasando después a Francia e Inglaterra, donde se
convertiría en uno de los defensores de la emancipación.
En Quito, el médico Santa Cruz
Espejo, uno de los pocos indios que habían logrado cursar
estudios superiores, fue arrestado y encarcelado en 1792. En
la cárcel coincidió con Nariño. Al salir de la cárcel volvió
a Quito donde fundó un periódico y una especie de club, la
Escuela de la Concordia, donde se podían leer obras llegadas
de Francia o de Estados Unidos. En 1795 elaboró un plan de
liberación de las colonias americanas, lo cual le costó un
nuevo encarcelamiento, durante el cual murió.
En
México, el cura Miguel Hidalgo leía con avidez las noticias
de Francia. Otros criollos que habían viajado a Europa y
participaron en la Revolución soñaban con la emancipación;
así el argentino Belgrano que se encontraba en España en
1789,y, sobre todo, el venezolano Miranda, que sirvió en la
Marina francesa y asistió a las primeras victorias francesas
de 1792. A partir de 1797 se instaló en Inglaterra donde
preparó activamente el levantamiento de las colonias
españolas de América, con la ayuda del gobierno británico.
En los puertos de la costa
atlántica, desde Veracruz a Buenos Aires, las diversas
logias masónicas conocieron un gran auge[2]
convirtiéndose en focos de difusión de la ideología
librepensadora e ilustrada. Bien es verdad que su influjo se
limitaba a la minoría intelectual de la sociedad criolla,
pero el peso social de este grupo era muy fuerte y su
influencia fue decisiva en el proceso emancipador. Sus
miembros eran en su mayoría funcionarios de inclinación
liberal y un pequeño número de comerciantes y propietarios
con pretensiones intelectuales, incluían tanto a criollos
como a españoles peninsulares.
Destacaría por su intensa
actividad la Gran Logia Americana, fundada por Miranda[3]
en Londres en 1797, por donde pasaron muchos de los
dirigentes de la emancipación. También ejerció una gran
influencia la logia Lautaró, que algunos sitúan en Cádiz, en
la que habrían recibido las ideas revolucionarias y
liberales los principales caudillos de la Independencia.
También tuvieron cierta
importancia, sobre todo en Venezuela y Río de La Plata, los
clubes jacobinos, destacando el que dirigía en Caracas Simón
Carreño, un decidido roussoniano, y maestro de Bolívar.
Las Sociedades Económicas de
Amigos del País iban fomentando la idea de que las
propuestas de los enciclopedistas, tanto en España como en
América, eran, con ciertas limitaciones, respetables. Estas
instituciones, que en principio tenían una finalidad
práctica: mejora de la agricultura, de la educación popular
y de los problemas económicos y sociales, se convirtieron en
vehículos de transmisión de las ideas liberales, a través de
sus excelentes bibliotecas, en las que no faltaban los tomos
de la Enciclopedia, a la que todas estaban suscritas.
Por último referir el papel
difusor de las ideas ilustradas y liberales de los
periódicos, que a finales del siglo XVIII habían adquirido
un enorme auge en todos los virreinatos Un factor de
antiespañolismo fue la difusión de la leyenda negra, muy
bien aceptada entre los intelectuales americanos del siglo
XVIII, especialmente la obra de Robertson, que presentaba a
los peninsulares como crueles opresores, egoístas
explotadores del Nuevo Continente, fanáticos, oscurantistas
y destructores de las viejas culturas indígenas. Este
sentimiento o prejuicio antiespañol contribuyó, al contrario
de lo ocurrido entre Estados Unidos y Gran Bretaña, a
mantener durante muchos años el apartamiento y hasta el odio
a la madre patria, simbolizado incluso en la letra de alguno
de los nuevos himnos nacionales.
Los precedentes de la
independencia
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La revuelta de los
Comuneros -
Francisco Miranda -
Los conflictos napoleónicos
Es cierto que los numerosos
motines que se registran en los territorios americanos, como
rechazo a la política fiscal de los Borbones durante el
siglo XVIII fueron creando un sentimiento colectivo, al
menos entre las minorías criollas, de que eran necesarias
reformas y que éstas serían definitivas si eran ellos los
propios protagonistas de las mismas.
La revuelta de los
Comuneros
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En este sentido podemos
considerar como primer episodio significativo de la
prerevolución la revuelta de los Comuneros de Socorro, en la
parte nororiental del Nuevo Reino de Granada o actual
Colombia. El nombre viene dado por su carácter
comunal-municipal, y por haber sido su centro la ciudad de
Socorro. La causa estuvo en los nuevos impuestos fijados y
las formas coactivas empleadas para recaudarlos, que
causaron un fuerte descontento entre los artesanos, que
además de molestos por la privilegiada competencia
peninsular se sentían ahogados por una presión fiscal
excesiva. El resultado fue el levantamiento en 1780 de un
mal armado ejército de 2000 hombres, que avanzaron sobre
Bogotá y pusieron en alarma al virrey Flórez, que logró un
armisticio con los sublevados gracias a la mediación del
arzobispo Caballero y Góngora, en junio de 1781. Los
comuneros lograron ciertos reconocimientos en sus
peticiones, sin embargo, el virrey entendió que eran
excesivos y rompió con lo capitulado. Se reanudaron las
hostilidades y los principales cabecillas de los comuneros
fueron presos, y cuatro de ellos ejecutados.
Francisco Miranda
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El segundo episodio está
íntimamente unido al nombre de Francisco Miranda. Nacido en
Venezuela, hijo de una familia caraqueña de ricos
comerciantes. Militar, con inquietudes intelectuales, luchó
en Europa, Africa y América, a favor de los españoles; en
los territorios españoles de Pensacola, a favor de los
norteamericanos; contra los ingleses en los ejércitos de
Washington; a favor de los franceses en la invasión de
Bélgica; y a favor de los ingleses en las Antillas.
Finalmente luchó contra los españoles en defensa de su nueva
patria, Venezuela, aunque terminó entregado por los
venezolanos a los propios españoles. En 1783 huyó a los
Estados Unidos, recorriendo más tarde Europa, donde fue
afirmando sus ideas liberales. En 1790 decide romper con
España y convertirse en firme promotor de la independencia
de Hispanoamérica y especialmente de
Venezuela.
Con la ayuda secreta de los
ingleses que financiaron la operación, embarcó Miranda en
1805 para los Estados Unidos, donde también recibió apoyo, y
preparó una expedición militar a Venezuela, con la intención
de dar un golpe de mano separatista que fracasó en abril de
1806 y en un segundo intento en agosto del mismo año, pero
fueron un acicate para la posterior agitación.
Los conflictos
napoleónicos
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Las guerras europeas de
finales del siglo XVIII y principios del siglo XIX
aumentaron el malestar en las colonias iberoamericanas. Las
regiones costeras vivían en permanente alerta. En México se
temía una agresión de Gran Bretaña o de los Estados Unidos.
Las milicias fueron concentradas y la población se sintió
orgullosa de una fuerza que era suya. En junio de 1807, los
ingleses desembarcaron en La Plata y tomaron Buenos Aires,
pero se vieron obligados a capitular ante las milicias
locales, mandadas por el general Liniers, militar francés al
servicio de España, y una población que las apoyaba. El
resultado era una toma de conciencia por parte de los
criollos, que empezaban a pensar que podían defenderse sin
la protección española.
La derrota de la flota
española en Trafalgar en 1805 ante la escuadra británica,
supuso la ruptura del control directo de la metrópoli sobre
las colonias americanas. Ante esta situación los criollos
americanos comenzaron a organizarse económica y
militarmente, para defenderse, además, del creciente
intervencionismo británico.
La invasión de España por las
tropas napoleónicas en 1808 provocó una conmoción inmensa en
toda Iberoamérica. Se planteó muy pronto si podría
mantenerse en América una legalidad española frente al
intruso francés en la metrópoli o era inevitable erigir una
legalidad americana, independiente de una España que había
dejado de ser la misma. En ello tuvo especial importancia el
viejo concepto patrimonial: los territorios americanos no
eran de España sino del rey de España. Desaparecido éste,
quedaba disuelto el pacto vinculante, y los americanos
recibían, por ley natural, la plena soberanía[4].
El vacío de poder creado en la
metrópoli tras la invasión francesa en 1808, trató de ser
suplido por las Juntas, de ámbito local y provincial, y la
Constitución en España de una Junta Central, en nombre del
cautivo Fernando VII. En los territorios americanos la
política de las Juntas se reprodujo a partir de los
Cabildos, el rechazo a José Bonaparte fue unánime así como
las manifestaciones de lealtad a Fernando VII.
La lucha por la
independencia
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Primera etapa (1810-1816)
- Segunda etapa
(1816-1820) -
Tercera etapa (1820-1825)
Primera etapa
(1810-1816)
Venezuela -
Colombia -
Chile -
Buenos Aires -
México
Venezuela
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Una de las regiones que pronto
tomó partido hacia la emancipación fue la Capitanía General
de Caracas, a pesar de adoptar el nombre de Junta
Conservadora de los Derechos de Fernando VII. En ella
figuraban destacados miembros de la aristocracia quienes
expulsaron al capitán general Emparán y se arrogaron la
plena soberanía. En 1810 la Junta caraqueña puso en marcha
un mecanismo para elegir un Congreso General que se reunió
el 2 de marzo de 1811, y el 5 de julio declaró la
independencia de las Provincias Unidas de Venezuela. A fines
de año quedó promulgada una Constitución federal.
Pero la independencia tampoco
quedaba asegurada por simples declaraciones; aún permanecían
funcionarios y militares españoles, y grupos de mestizos
comenzaron a desconfiar de los nuevos dirigentes.
Por otra parte los
independentistas venezolanos comenzaron sus disidencias
internas -Bolívar y Miranda no estaban de acuerdo con la
nueva Constitución-, y disponían de escasas fuerzas
movilizables. De este modo, pronto la guarnición española al
mando de Monteverde intervino, y casi sin lucha, puso fin al
primer intento serio de emancipación.
Los errores de Monteverde, con
represalias innecesarias contra los criollos y su actitud
contraria a los mestizos y mulatos, provocaron que la mayor
parte de la burocracia española se pusiera en contra de
Monteverde y diese lugar a un nuevo brote insurreccional, a
comienzos de 1813.
Mariño
y Bolívar organizaron un ejército y tras una serie de
operaciones militares entraban triunfalmente en Caracas el
23 de agosto de 1813. Sin embargo, los españoles no estaban
dispuestos a ceder fácilmente. Las violencias se
generalizaron por una y otra parte.
Un nuevo factor surgió en el
conflicto. Las clases modestas y los mestizos tomaron ahora
decidido partido por los españoles. En los llanos del
Orinoco, los llaneros, excelentes jinetes y gente intrépida,
se pusieron al mando de Boves[5],
para luchar contra los orgullosos mantuanos de la costa por
quienes se sentían explotados. Éste derrotó a Bolívar y
Mariño. El 10 de julio de 1814 entraba Boves en Valencia y
el 16 lo hacía en Caracas. Los patriotas se retiraron hacia
Cumaná, embarcando más tarde hacia Cartagena. Toda Venezuela
quedaba dominada por los partidarios de la soberanía
española.
Colombia
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También en el virreinato de
Nueva Granada, muy pronto surgieron movimientos
emancipadores. La primera Junta que llegó a asumir plenos
poderes fue la de Quito en 1809, que constituyó una Junta
Legislativa integrada por la aristocracia criolla que no
contaba con excesivo apoyo popular. El virrey de Perú,
Abascal, envió tropas a Ecuador, y Quito cayó fácilmente. En
1810 hay una segunda sublevación, que en 1812 se
institucionaliza promulgando la Constitución del Estado
Libre de Quito. Pero la falta de fuerzas internas para
sostenerse permitió de nuevo el éxito de las fuerzas del
virrey Abascal.
En Nueva Granada y siguiendo
el ejemplo de Quito se produjo una insurrección que se
propagó por Cundinamarca, Tunja, Bogotá y Cartagena. El
virrey trató de controlar la situación proclamándose
presidente de la Junta, pero pronto fue expulsado, quedando
desbordado por los extremistas de uno y otro bando. Mientras
en Santa Fe de Bogotá se reunía un congreso constituyente,
las diversas provincias se hacían independientes unas de
otras. Para solucionar esto se constituyó en 1811 un Acta de
Federación de las Provincias Unidas de Nueva Granada, que
nadie respetó. Los españoles dueños ya de Quito fueron
controlando los altiplanos neogranadinos. En diciembre de
1812 los españoles controlaban de nuevo Bogotá.
Quedaba Cartagena, que se
había declarado independiente tanto de España como de los
bogotanos. Desde allí, Bolívar, derrotado en Venezuela,
trató de organizar una ofensiva hacia el interior de Nueva
Granada, para dominar de nuevo la zona bogotana, y lanzarse
luego a la liberación de Venezuela.
En noviembre de 1814 fue
nombrado Capitán General de la Federación del Estado de
Colombia, y aunque obtuvo algunos éxitos, tropezó tanto con
la desunión de los patriotas como la contraofensiva de los
españoles. Estos le empujaron de nuevo hacia la costa,
mientras la propia Cartagena negaba la autoridad del
caudillo. Bolívar descorazonado se retiraba a Jamaica.
Casi al mismo tiempo
desembarcaba en Santa Marta el general español Morillo para
hacerse cargo de la situación. La guerra de la independencia
había terminado en España, y Fernando VII, repuesto en el
trono, estaba decidido a acabar con los focos de
independentismo americano. Morillo llegó acompañado de un
ejército de 10.000 hombres bien instruidos, y una pequeña
pero eficaz flota naval. El recién llegado, de talante
liberal, combinó los hechos de armas con la negociación.
Desplegó sus fuerzas por Nueva Granada y Venezuela, castigó
a los independentistas contumaces y perdonó a los demás. En
1816, la lucha por la independencia en la zona Norte del
continente sudamericano parecía definitivamente fracasada.
Chile
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La insurrección chilena se
manifestó como en todas partes al filo de la crisis de poder
en la metrópoli, y, en este caso, también por la noticias
que llegaban de Buenos Aires. El Cabildo de Santiago se
constituyó en Junta con un carácter moderado y poco definido
aún en cuanto a su fidelidad a España.
Poco a poco fueron
definiéndose dos partidos: uno español, partidario de la
metrópoli, sin excluir formas de autogobierno, y otro
nacional, partidario de la emancipación aunque reconociendo
la autoridad de Fernando VII. Estos últimos fueron cobrando
ventaja en la política de la Junta, destacando pronto
Bernardo O'Higgins.
Un grupo de españoles al mando
del coronel Figueroa, se alzó contra los patriotas, pero fue
derrotado y fusilado. La Junta se transformó entonces en
Directorio Ejecutivo, y transfirió su autoridad en 1811 a un
Congreso, formado por diputados elegidos en las distintas
provincias, en el que se mantuvo un ambiente de cierta
moderación y ambigüedad que se rompió con el pronunciamiento
de los radicales hermanos Carrera, decididos a proclamar la
total independencia de Chile.
El virrey del Perú, envió
entonces al general Pareja, quien poco a poco fue
conquistando territorios del norte de Chile ante la
ineptitud militar de los Carrera. O'Higgins, negoció con los
españoles sobre la base del reconocimiento de la autoridad
de Fernando VII por los chilenos a cambio de la retirada de
las tropas de Pareja a Perú. Sin embargo, un nuevo intento
de Carrera frustró las negociaciones, y O'Higgins se vio
obligado a hacer la guerra abierta. Derrotado por los
españoles en el encuentro de Rancagua, hubo de huir. En
octubre de 1814, los españoles entraban en Santiago,
terminando de este modo el primer intento emancipador.
Buenos Aires
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A pesar de que en esta región
el movimiento comenzó tan moderadamente como en Chile,
acabaría constituyendo el eje decisivo de la emancipación
americana, pues sería el único de esta etapa inicial que no
fracasó, y a la larga inclinaría la balanza en favor de los
independentistas.
El movimiento fue obra, sobre
todo, de los propietarios y comerciantes de la costa, que ya
habían tenido la experiencia de rechazar la invasión de un
ejército inglés ante la huida del pusilánime virrey español.
Cuando se conoció la noticia
de la invasión napoleónica en España, Liniers se rodeó de
miembros de la burguesía criolla moderada entre los que se
encontraba Manuel Belgrano partidario de buscar la autonomía
por medios pacíficos.
Tras una serie de episodios la
Junta Central española nombró nuevo virrey del Río de la
Plata a Hidalgo de Cisneros, quien trató de entenderse con
criollos y españolistas y limar asperezas.
Cuando en 1810 se supo que los
franceses se encontraban en Andalucía y que se había
disuelto la Junta Central, los bonaerenses consideraban que
los vínculos con la metrópoli habían dejado de existir. Para
formar una Junta de Gobierno el virrey reunió al Cabildo y
constituyó una de carácter contemporizador. Pero los
patriotas estaban dispuestos a la ruptura total y exigieron
la formación de una Junta elegida mediante Cabildo Abierto,
es decir, por elección popular. El Cabildo depuso al virrey
y nombró una Junta Suprema, en nombre de la soberanía
popular. Tal fue la Revolución de Mayo, que consagró la
independencia de Argentina.
Sin embargo, ni Uruguay ni
Paraguay estaban dispuestas a aceptar la soberanía de los
platenses. De aquí que surgieran enfrentamientos civiles
entre ellos, mientras, el general español Elio, vencía a los
patriotas y cercaba Buenos Aires. Cuando la situación era
más comprometida para los independentistas, una maniobra del
embajador inglés, Stranford, logró la retirada de los
españoles, permitiendo que los platenses cobraran nuevas
fuerzas.
En enero de 1813 se reunió una
Asamblea Constituyente, que adoptó medidas soberanas, eligió
la nueva bandera nacional y acuñó monedas republicanas. Al
mismo tiempo, un joven general, José de San Martín,
convertía los dispersos grupos de combatientes en un
verdadero y eficaz ejército que se disponía a cruzar los
Andes.
México
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El caso de México, escapa al
cuadro general descrito hasta aquí. Ni las intenciones, ni
los acontecimientos, ni los grupos sociales protagonistas,
ni las ideologías coinciden con el resto de los
levantamientos de esta etapa inicial de la emancipación.
En México, el elemento
indígena era muy fuerte y más consciente de su identidad, y
el mestizaje tenía una fuerza especial. La burguesía criolla
presentaba un perfil mucho más débil que en el resto de los
territorios americanos, superada ampliamente por una vieja
aristocracia, enriquecida desde los tiempos de la conquista,
dueña de enormes extensiones de terreno, y conservadora por
naturaleza.
Aunque aquí también llegaron
las nuevas ideas del siglo XVIII, estas adquirieron muy
pronto una orientación más social que política. Esto explica
que el cura de Dolores, Manuel Hidalgo y Costilla, influido
por las ideas ilustradas pusiera en marcha un movimiento,
que más que pedir transformaciones de tipo político, exigía
mejora en las condiciones de vida de los más humildes.
En septiembre de 1810 se
inicia el movimiento con el llamado "grito de Dolores", que
se hizo en nombre de la Virgen de Guadalupe y del rey
Fernando VII. Se exigía la libertad pero entendida como
libertad personal, supresión de la esclavitud y de la
dependencia de los grandes estancieros.
El enemigo era más la
aristocracia criolla que el poder político español. Ello
explica que al cura Hidalgo lo siguiera una multitud de unos
100.000 hombres en su mayoría indios y mestizos. Los
patriotas entraron en Guadalajara donde se apoderaron de los
caudales públicos y establecieron un gobierno provisional.
Tanto el poder virreinal como
la sociedad criolla se opusieron al movimiento. El general
Calleja con solo 6.000 hombres derrotó a la variopinta tropa
en 1811. Un segundo intento protagonizado por otro cura,
José María Morelos, también terminó en fracaso.
En 1814 toda la sociedad
criolla y los funcionarios mexicanos reconocían la autoridad
de Fernando VII, restablecido en el trono de Madrid. La
revolución parecía haber fracasado definitivamente.
Segunda etapa
(1816-1820)
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Hacia 1816 parecía que todos
los intentos emancipadores habían sido controlados y las
inmensas provincias de ultramar parecían pacificadas. Aún
quedaba un foco autonomista en el Río de la Plata, pero las
diferencias entre los criollos parecían condenarlo al
fracaso.
Sin embargo ese mismo año, San
Martín al atravesar los Andes con su ejército dio al
movimiento unas dimensiones insospechadas. Entre tanto,
Bolívar, con la ayuda de Inglaterra y Estados Unidos, había
vuelto a desembarcar en Venezuela, obligando a Morillo a
ponerse a la defensiva.
No puede decirse que este
segundo impulso de la emancipación sea obra exclusiva de los
dos grandes libertadores, pero es ahora cuando su figura
adquiere su máxima grandeza. En enero de 1817, San Martín
hizo pasar a sus tropas, por diferentes desfiladeros
andinos, cuando los españoles se dieron cuenta, todo el
ejército del libertador convergía hacia Chacabuco, cerca de
Santiago de Chile, donde obtuvo una importante victoria el
12 de febrero de 1817. Una vez en la capital de Chile los
americanos proclamaban la independencia de Chile un año
después, el 12 de febrero de 1818, quedando O'Higgins al
mando supremo de la nueva república. Este soñaba con una
república democrática e igualitaria pero tropezaba con la
resistencia de los grandes terratenientes. Cuatro
constituciones hicieron falta en Chile para que el régimen
quedara asentado con un mínimo de coherencia.
Entretanto, en el Caribe,
Bolívar había decidido pasar de nuevo a la acción. Con ayuda
de los ingleses efectuó su primer intento de invasión en
julio de 1816, que resultó un completo fracaso. El último
día del año 1816, desembarcó en Barcelona (Venezuela) desde
donde se dirigió hacia la Guayana y desde aquí hacia los
llanos del Orinoco. En la segunda mitad de 1817 dominó
Angostura, punto clave entre la Venezuela interior y el
litoral. En febrero de 1819 reunió el Congreso de Angostura
donde presentó un proyecto de Constitución, que era
socialmente igualitaria y políticamente autoritaria.
Articulaba el poder en un Presidente con plenos poderes y un
Senado hereditario, que mantendría la hegemonía de las
viejas familias mantuanas. Sin embargo el texto
constitucional fue ampliamente recortado en contra del
criterio de Bolívar.
Sin embargo Morillo y las
tropas españolas impedían cualquier progreso hacia la costa.
Entonces Bolívar ideó una maniobra para alcanzar Nueva
Granada por la espalda y sorprenderla desguarnecida, y desde
allí lanzarse por la costa sobre Venezuela. El 7 de agosto
de 1819, Bolívar derrotó en Boyacá a las tropas españolas.
El virrey Sámano huyó de Bogotá, donde el libertador entró a
los pocos días.
Los accesos a la costa por el
valle del Magdalena estaban aún controlados por los
españoles, así como Cartagena y Santa Marta. Extenderse
hacia Maracaibo se presentaba como una empresa superior a
las fuerzas de Bolívar. Éste dejó a Francisco Santander al
mando de Bogotá y regresó a la cuenca del Orinoco. El 17 de
diciembre de 1819, el Congreso de Angostura votó por
aclamación la unión de Nueva Granada y Venezuela en la gran
República de Colombia.
La situación militar vino a
cambiar radicalmente con la revolución liberal que se
produjo en la península en 1820. El nuevo gobierno dio a
Morillo la orden de negociar con los americanos. Sin
embargo, una sublevación en Maracaibo dio a Bolívar la
oportunidad de lanzar la ofensiva final. En abril de 1821,
rompió las defensas de unos españoles desmoralizados por la
política de la metrópoli, y el 24 de junio en la batalla de
Carabobo derrotó a los españoles y le permitió la conquista
de Caracas y de toda la costa. La Gran Colombia parecía ya
una realidad definida.
Tercera etapa
(1820-1825)
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Hacia 1820, Perú estaba
cercada por el norte y por el sur por los ejércitos
independentistas. En México la misma aristocracia criolla
que había aplastado las intentonas de Hidalgo y Morelos, se
sublevaba contra el nuevo régimen liberal español. Al cabo
de seis años, caían los últimos baluartes fieles a la
metrópoli en el continente americano: los Vierreinatos de
Perú y México.
La noticia de los sucesos
españoles de 1820, se recibió en México con desconcierto. El
virrey Ruiz de Apodaca hizo proclamar la Constitución
liberal española en mayo de 1820. Pronto empezaron a llegar
ordenes del gobierno de Madrid que contrariaban a los que
hasta entonces habían apoyado el poder español,
especialmente las leyes anticlericales, la abolición de los
mayorazgos y la supresión de los fueros. La insurrección
mexicana será la respuesta del tradicionalismo y del
conservadurismo criollo a las reformas liberales impuestas
desde España.
En febrero de 1821, un
acérrimo partidario de Fernando VII, el general Itúrbide,
proclamó una monarquía independiente en Nueva España, y se
convocó un congreso para elaborar una Constitución. El 19 de
mayo Itúrbide fue proclamado emperador. Los errores
cometidos por Itúrbide provocaron la sublevación de un
militar criollo, el general Santa Ana, a finales de 1822.
Itúrbide hubo de abdicar en marzo de 1823.
La confusión sobre el camino a
seguir y las diferencias ideológicas entre los mexicanos
detuvieron el proceso emancipador. Finalmente un congreso
constituyente elaboró una nueva Constitución en octubre de
1824. México se constituía sobre la base de diecinueve
estados, se concedían libertades sin renunciar a la
autoridad, se mantenía el
dominio de la oligarquía criolla, con ciertas concesiones a
la igualdad de derechos, se protegía la Iglesia y se
respetaba la tradición. No hubo reacción antiespañolista y
un liberal moderado, Lucas Alamán fue elegido primer
presidente de México.
Los ecos de la emancipación de
Nueva España se extendieron a la Capitanía General de
Guatemala, donde el 15 de septiembre de 1821, se firmó el
acta de independencia. Siguió un breve periodo de
incorporación a México, que concluyó en junio de 1823. En
esa fecha las provincias de la Capitanía General de
Guatemala, El Salvador, Honduras, Nicaragua y Costa Rica
decidieron que eran libres de España y de México,
constituyéndose en Estado independiente bajo el nombre de
Provincias Unidas del Centro de América.
El acto final de la
emancipación americana fue el asalto a Perú. El viejo
virreinato fue el que menos ansias independentistas mostró a
lo largo del proceso. Además la posibilidad de caer en la
órbita de Buenos Aires hacía que muchos peruanos prefirieran
depender de la administración española que de la argentina.
Esto explica que la liberación del Perú, dirigida desde
Chile por San Martín encontrara con tan poca ayuda.
En febrero de 1819, Chile y
Argentina se pusieron de acuerdo para realizar la campaña de
Perú. San Martín planteó la operación mediante una hábil
política que alternaba la actuación militar, aunque evitando
el enfrentamiento directo con los españoles, y la
negociación, sobre todo pensando en ganarse a los criollos
peruanos, para que fuesen ellos mismos los que proclamasen
la independencia.
En 1821 el nuevo virrey La
Serna decidió negociar con San Martín. Este admitía una
vinculación de la dinastía española, mediante la
entronización en América de varios príncipes de la casa de
Borbón, pero en entidades nacionales independientes. Al no
llegar a un acuerdo se rompieron las negociaciones. La Serna
tuvo que evacuar Lima el 6 de julio de 1821, y el mismo mes
un Cabildo Abierto de la capital peruana declaraba la
independencia.
Mientras tanto, en 1820, la
ciudad de Guayaquil (Ecuador) se había sublevado y declarado
independiente. Las tropas españolas del virreinato del Perú
contraatacaron y el intento fracasó. Sin embargo, Bolívar
dueño ya de la Gran Colombia se decidió a intervenir en la
zona, invadiendo el virreinato peruano por el norte. Entre
1821 y 1822 tuvo lugar la liberación de lo que hoy es el
Ecuador. La victoria de Pichincha, en 1822, permitió poco
después la liberación de Quito y Guayaquil. Las fuerzas de
San Martín y Bolívar se ponían así en contacto.
Bolívar continuó la campaña
para lograr la independencia de los territorios del antiguo
virreinato de Perú, que aún permanecían bajo dominio
español. Estos últimos habían reconquistado Lima en junio de
1823. El gobierno criollo refugiado en El Callao entró en
crisis, Bolívar nombró nuevo jefe de gobierno a su
lugarteniente Sucre y él fue nombrado "Dictador". En agosto
de 1824 Bolívar planteó batalla a los españoles y tras una
serie de victorias, en diciembre liberó Lima. El 8 de ese
mismo mes se planteó la batalla definitiva en Ayacucho, en
la que las tropas españolas fueron definitivamente
derrotadas. La batalla de Ayacucho se convirtió en el
símbolo del fin del imperio español en América.
En 1825 se proclamó la
república de Bolivia, tomando su nombre del libertador, que
elevó a Sucre a la presidencia. A partir de este momento,
las diferencias entre los nuevos territorios independientes
iniciarían una larga etapa de consolidación que estudiaremos
más adelante.
Consecuencias de la
independencia
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En julio de 1822 se celebraron
entrevistas entre San Martín y Bolívar con el objetivo de
establecer criterios comunes que permitieran la
consolidación de los procesos emancipadores. Sin embargo,
desde el primer momento se pusieron de manifiesto las
profundas diferencias entre los modelos que cada uno
defendía como el más adecuado para la nueva realidad
americana.
Bolívar soñaba con la Gran
Colombia, entidad que debería abarcar todo el espacio
americano, gobernada por una Constitución única de carácter
republicano aunque con un poder fuerte.
San Martín, menos ambiciosos,
veía la necesidad de articular las antiguas provincias de
ultramar en varias naciones independientes, y no rechazaba
la forma monárquica al considerar que se correspondía mejor
que una república democrática a las condiciones sociales y
culturales de Hispanoamérica. Cada Estado podía estar regido
por un príncipe de la rama borbónica, independiente uno de
otro, pero vinculados todos por un pacto de familia.
Como ocurre con todo gran
fenómeno histórico, la emancipación presenta aspectos
positivos y aspectos negativos. Entre los primeros
señalaremos uno de dimensiones universales. Concluido
después de tres siglos el ciclo de transculturación, a
través del cual España trasplantó al otro lado del Atlántico
su fe religiosa, su lengua y su cultura, sus instituciones y
una parte considerable de su potencial demográfico, llegan a
la madurez e irrumpen en la historia nuevas naciones que hoy
constituyen, en su conjunto, una de las grandes fuerzas
universales del futuro: Iberoamérica.
En cuanto a los aspectos
negativos señalemos tres, motivados por las circunstancias
históricas concretas en que la emancipación tuvo lugar.
Primero, la forma violenta, cruenta, determinante de
formidables e innecesarios sufrimientos colectivos en que
fue llevada a cabo, al menos hasta 1820.
Segundo, la tendencia a la
disgregación que va a prevalecer en el mundo
hispanoamericano una vez lograda la independencia. Los
antiguos virreinatos no sólo van a servir de asiento a otras
tantas repúblicas independientes entre sí, sino que incluso
del tronco de cada uno de aquellos van a desgajarse
determinadas regiones periféricas, constituyendo otras
tantas repúblicas soberanas. Así ocurrirá con Uruguay, con
Paraguay y con el Alto Perú, segregados, este último como
Bolivia, del antiguo virreinato del Río de la Plata. Con
Chile separado del Perú. Con el Virreinato de Nueva Granada
fragmentado en tres repúblicas independientes desde 1831.
Con la atomización de América Central. Esta fragmentación
tendría consecuencias incalculables frente a la gran
potencia norteamericana, que consolidará su cohesión tras la
crisis de la guerra de Secesión.
Por último asistimos en las
jóvenes repúblicas americanas, inmediatamente después de la
emancipación, a una lucha por el poder bajo la forma de
pronunciamientos militares, que dará origen al caudillismo y
que conferirá uno de los rasgos más característicos de la
historia contemporánea de Iberoamérica, una inestabilidad
política y constitucional casi crónica. Inestabilidad
interna y desunión frente al exterior, he aquí la doble
raíz de la debilidad que va a manifestar el mundo
iberoamericano durante la Edad Contemporánea.
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