Una columna entre líneas

Por Jairo Valderrama V*.

Si un pequeñín le confiesa al Niño Dios en la carta de Navidad que sí se comió a hurtadillas las galletas que mamá guardaba en la alacena, se da por sentado para ese menor que existieron unas galletas y, quizás, existen una mamá y una alacena. En otro hipotético caso, si un estudiante se disculpa ante el profesor por no entregar para la fecha y hora previstas el trabajo de historia, también se da por sentado que previamente se fijaron una fecha y una hora para la entrega de un trabajo de historia, y que eso lo sabía el estudiante.

En el caso de un mensaje escrito, siempre se posibilita allí una interpretación mayor a la que en un primer momento se pretendía. A veces, la intención en un texto es esa; en otros casos, el autor cree sólo exponer una apreciación concisa y cerrada. Sin embargo, los seres humanos cuando se comunican envían una información adicional, que debe descubrirse entre líneas, sin acudir a inferencias forzadas (como en los testimonios del joven estudiante o el niño de las galletas). Decimos más de lo que suponemos. De esta manera, quizás, pueda desentrañarse alguna posición acerca del asunto que esté tratándose, porque, “cuando se la encierra, la verdad busca su grieta para legitimar su libertad. Su poder es ilimitado, y su extinción, una utopía”[1].

Los periódicos también guardan algunos indicios de ideas que parecen sólo sugerirse a los lectores, de afirmaciones que se sueltan “sin querer queriendo”[2], de pensamientos aludidos… con intención plena o sin ésta. La columna, uno de los géneros de opinión del periodismo moderno, permite que se construya para estos fines una tribuna silenciosa y efectiva de este tipo, sobre todo cuando alguien desea exponer un punto de vista acerca de cualquiera de los acontecimientos que causan impacto en la opinión pública nacional.

Con mucha frecuencia, sugerir en las columnas una sinceridad inexistente da pie a que pueda demostrarse algo distinto. Al argumentar con una premisa cualquiera, ésta ya indica aquello que se admite, aunque no sea de manera explícita. Para ello, por favor, repasemos las situaciones citadas en el primer párrafo de este artículo.

Sólo con el propósito de barruntar algunos objetivos ocultos, examinemos unas muestras. Tomemos, a manera de ejemplo, algunos apartes de tres de las más recientes columnas de José Obdulio Gaviria en el diario El Tiempo de Bogotá. La primera, Si yo fuera asesor:

…un sectorcito del Partido Demócrata defiende los puntos de vista de la extrema izquierda latinoamericana y define a las Farc como partido de 'oposición armada'. 4) Las Farc (a través de ese sectorcito) influencian la política demócrata contra Colombia. Han hecho condicionar y limitar la cooperación gringa -que ellos llaman ayuda- dizque para evitar que nuestros militares repriman, desplacen y expolien al pueblo.

Los comentarios en una columna, por supuesto, son libres; pero la validez de éstos toma fuerza si los argumentos para defender una perspectiva determinada se acogen a un proceso de razonamiento exhaustivo y se alejan de la ambigüedad. La palabra sectorcito (un diminutivo) en el contexto colombiano manifiesta una carga despectiva, literalmente se tiende a empequeñecer el objeto mencionado, a considerarlo insignificante, de poco valor. Distinto a hablar de un sector, nada más. Y ese adjetivo se repite (lo que aumenta la intención de desprecio) en el paréntesis de ese párrafo.

Por otra parte, las Farc, efectivamente, no son un partido; que se sepa, no participan regular ni legalmente en contiendas políticas nacionales. Pero, sí son un grupo de oposición, y también de oposición armada. Muy fácil es demostrarlo.

Cuando el columnista busca rebatir las acciones de algunos demócratas estadounidenses, utiliza la palabra dizque, que sustenta sólo un rumor; ello se refiere a un dicen que (ese es el significado literal). Así, pretende negar de tajo las afirmaciones de quienes con pruebas han publicado las acciones de algunos militares cuando reprimen, desplazan y expolian al pueblo. Basta usar sólo esa palabra, dizque (bien situada, claro), para insinuarles a los lectores que pongan en duda las afirmaciones de esos políticos norteamericanos; pero en la columna no hay una demostración (argumentos válidos) de que ellos mienten.

 

Un pasado reciente

El mismo columnista, en otro texto titulado La estrategia de la crispación, señala en uno de sus apartes lo siguiente:

 Antes, los magistrados sólo se pronunciaban en providencias. Llenaban, también, sí, decenas de cuartillas en revistas especializadas de las universidades, de las academias, o dictaban conferencias con las que solían enriquecer el debate jurídico.
La vida de los magistrados, en fin, era ajena al boato. Su tiempo libre pasaba por la literatura, la filosofía, la música, la tertulia y por los fines de semana en familia...

La palabra boato (para evitar por ahora la consulta al diccionario) se refiere a la ostentación en el porte exterior; significa también vocería o gritos en aclamación de una persona. En este apartado de la columna, se intenta dejar en la mente del lector que los magistrados de las altas cortes antes se dedicaban a la actividad académica más que a la pública; se insinúa que éstos deben mantenerse allí; se sugiere que, de conformidad con su investidura, ellos deben expresar sus opiniones sólo en las providencias. Nada más, sobre todo cuando las actividades del gobierno son materia de análisis.

En otra de sus columnas, El Sumapaz liberado, JOG expone una apreciación acerca de las acciones del ejército en esa zona de Cundinamarca: 

El golpe de Sumapaz fue un cierto, certísimo positivo del Ejército, otro de los tantos que nos han ido liberando del terrible negativo del secuestro y la muerte.

El filósofo griego Aristóteles, considerado el padre de la lógica, planteaba que, para que una cosa exista, debe existir la contraria. La ausencia de luz es oscuridad; ésta no puede ser sin la otra. Habrá calor, porque existe el frío. Entonces, si alguien menciona un cierto, un certísimo positivo, es porque necesariamente existe un falso, un falsísimo positivo. Hay más: al escoger el artículo indefinido un, de manera implícita se alude a la existencia de más certísimos o de más falsísimos. Esa es una forma, quizás inconsciente, pero no por ello menos real, de admitir un hecho. Es decir, que según JOG, sí existen falsos positivos. Y, desde ese referente, cuando ya hay denuncias de la muerte de varios inocentes en el país, “un delito es mayor cuanto mayor sea la injusticia de la que proceda”[3].

Con vuestro permiso.

 

*El profesor Jairo Valderrama Valderrama es miembro del Grupo de Investigación en Periodismo, GIP, editor de la revista Palabra Clave, de la Facultad de Comunicación de la Universidad de La Sabana, y profesor de la asignaturas Comunicación e información escrita y oral, y Redacción de Opinión.

jairo.valderrama@unisabana.edu.co

 

[1] VALDERRAMA V., Jairo (2005).  En El editorial, el artículo y la columna, géneros para convencer. En Manual de géneros periodísticos. ECOE Ediciones y Universidad de la Sabana. Bogotá. p. 142.

[2] Dicha expresión fue acuñada por el cómico mexicano Roberto Gómez Bolaños, quien la puso en boca del Chavo del Ocho, uno de los personajes más famosos de sus comedias. Tal frase surgía cuando se ejecutaba sin intención una acción que ofendía a cualquier persona.

[3] ARISTÓTELES (2005). Retórica. Alianza Editorial. Madrid. P. 128.

 

 

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