Lo invisible de hacerse público

Por María Fernanda Rodríguez H

Mariana está feliz. Acaba de crear una cuenta en Facebook -la red social con más de ciento setenta y cinco millones de usuarios activos y más de cincuenta y dos mil aplicaciones[i]-, de moda entre sus amigos.

Lo que ella no sabe es que con ese registro, aparentemente sencillo (se necesita un correo electrónico como único requisito para obtener una cuenta) e inofensivo está cediendo su derecho a la intimidad: Mariana ha aceptado que sus acciones privadas se conviertan en información para bases de datos y estadísticas públicas.

Varios autores han hablado sobre temas que bien podrían ser utilizados para comprender este fenómeno. Hannah Arendt (polítóloga y filósofa alemana del siglo XX) por ejemplo, advirtió sobre la sumisión de la esfera privada y la esfera pública en la esfera social[ii]; la bióloga Mary E. Clark expuso la necesidad de conexión como característica intrínseca del ser humano[iii]; y Marshall McLuhan mencionó el nuevo concepto cultural de lo publivado[iv], para referirse a ese híbrido entre lo público y lo privado.

Sin importar cuál sea el término utilizado, lo cierto es que las redes sociales de nuestra época han disminuido -cuando no hecho desaparecer- la intimidad y la privacidad de sus usuarios.

Carlos Soria[v] define al hombre como un conjunto en el que se suman intimidad, privacidad y lo público, características que son punto de partida para la vida social. De la misma manera, para definir los límites entre lo íntimo y la información pública, hace ciertas aclaraciones sobre lo que debe publicarse de lo privado según su incidencia en la comunidad.

Sin embargo, al ser ahora los individuos, como Mariana, los encargados directos de los medios de difusión de información inmediata como son las redes sociales, el criterio de incidencia en la vida social desaparece a la hora de decidir qué información hacer pública y cuál no. No importa el tipo de información que Mariana publique. Puede no tener ningún tipo de incidencia en la vida de los demás y, sin embargo, cualquier persona puede tener acceso a ella.

Se sobrepone, en cambio, esa necesidad de conexión de la que habla Mary E. Clark: esa necesidad de Mariana de ser parte de un grupo y sentirse reconocida en un espacio público.

Derrick de Karckhove habla sobre una serie de sesgos que han surgido como consecuencia de la electricidad. Éstos son características de ese nuevo lenguaje ofrecido por la tecnología de las comunicaciones. Dentro de ellas se encuentran la ubicuidad, la conectividad y la pantallología[vi], por ejemplo.

Entonces, Mariana publica una foto en su sitio de Facebook. Dicha acción genera una dirección única en el mundo cibernético. Ahora cualquier persona, sin importar su origen, ubicación o su grado de relación con Mariana puede guardar esa imagen.

La ubicuidad permite que la información que Mariana cuelgue en su página llegue y esté en todas partes y la conectividad que las direcciones generadas y asignadas a cada una de sus acciones interactivas dentro de Internet puedan ser encontradas. Esas letras y códigos, a veces sin sentido explícito, se convierten en lo equivalente a una dirección en una ciudad, sólo que ahora el escenario no es un lugar en el mapa, sino dentro de un espacio sin límites.

La pantalla es el medio que le permite a Mariana comunicarse con el mundo. A través de ella se da cuenta de que no está sola, que hay más gente con sus mismos intereses e inclinaciones y también se asegura de que otros reconocen su existencia.

Como Mariana hay millones de personas. Tal vez algunos utilicen redes sociales por la necesidad de sentirse acompañados o por esa necesidad de conexión mencionada anteriormente, o porque son espacios donde pueden unirse a un partido político o a otro, u organizar marchas, eventos, ahorrar dinero en publicidad. Puede ser también una manifestación de la adhesión de la gente a la “cultura de los famosos”. Ya no nos basta con enterarnos si Britney está despelucada, o si Jennifer Aniston se besó en un balcón. Tal vez (inconscientemente) deseamos esa misma atención.

Sea cual sea la razón para utilizarlos, estamos olvidando que tener espacios privados alimenta la estabilidad; y el anonimato y el control sobre la imagen propia son a veces la mejor opción. No en vano John Thompson[vii] recomienda cuidar de manera celosa la imagen para evitar que, con ella, salga “el tiro por la culata”.


 

[i] Tomado de página de estadísticas en línea de Facebook con dirección http://www.facebook.com/press/info.php?statistics, actualizada por última vez en 2009.

[ii] En Arendt Hannah, La condición humana. Paidós. Barcelona, 1993. Capítulo 3: La esfera pública y la privada. Págs. 37-83. Ella se refería al tema relacionado con la acumulación de capitales.

[iii] En Clark Mary E, In Search of Human Nature. Roudledge, 2002.

[iv] Citado por Derrick Kerckhove en Los sesgos de la electricidad, lección inaugural del curso académico 2005-2006 de la UOC.

[v] En La información de lo público, lo privado y lo íntimo. Cuenta y Razón.

[vi] Derrick Kerckhove en Los sesgos de la electricidad, lección inaugural del curso académico 2005-2006 de la UOC. Páginas 3, 4 y 6.

[vii] Thompson, John B. La nueva visibilidad. University of Cambridge. Papers 78, 2005. Págs. 11 – 29.

 

* María Fernanda Rodríguez H., es alumna de 8° semestre del Programa de Comunicación Social y Periodismo. Este ensayo lo realizó para la materia Comunicación Política que orienta el profesor Juan Carlos Gómez Giraldo. 

 

 

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