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¿Qué hay detrás de la piedad de Piedad?

Por:
Juan Carlos Gómez Giraldo
Director Observatorio de Medios
Facultad de Comunicación
Universidad de La Sabana

La situación por la que atraviesan los secuestrados de las Farc es cada vez más delicada, no sólo por las oprobiosas condiciones de un prolongado cautiverio, sino porque algunos de los que están del otro lado los utilizan para fines políticos, lo que hace aún más inhumano su secuestro.

Hasta allá parece haber llegado la senadora Piedad Córdoba, quien ha camuflado con los colores de “lo humanitario” su actividad política. En las últimas semanas la estrategia le ha producido importantes réditos que traducirá, sin duda alguna, en una copiosa votación a su favor, ya sea como candidata a la Presidencia de la República o como aspirante al Congreso para el período legislativo 2010-2014. 

Y es que “lo humanitario” es una apuesta segura en una coyuntura como la colombiana donde la sociedad experimenta los efectos de un viejo conflicto armado en el que los actores directos no parecen estar interesados en negociación alguna. Por eso una voz que medie, con tan sólo el guiño de uno de los bandos, será bien recibida por una buena parte de los colombianos. Es un gesto que, en un principio, parece bien intencionado; pero en el fondo busca obtener dividendos partiendo o, mejor, sabiendo de la sed con la que otros beben.

No digo que gestionar la liberación de secuestrados sea un acto mal intencionado; por el contrario, es un acto de humanidad. Lo que sí encuentro como “hinchazón de iniciativa humanitaria”, recogiendo una idea expresada por Régis Debray en su libro El estado seductor, es el despliegue estratégico de visibilidad pública protagonizado por Piedad Córdoba mediante liberaciones de secuestrados. En esas dos o tres semanas de show mediático la senadora se dejó ver en televisión, estuvo en las primeras planas de periódicos y revistas, habló en la radio; dijo al país que gracias a ella se había logrado la liberación de cinco compatriotas que estaban a punto de morir en la selva. Y, como en un cuento de hadas, la polémica congresista pasó de ser uno de los personajes con mayor imagen negativa ante la opinión pública nacional (según Gallup 76% en julio de 2008) a ser la precandidata con mayor intención de voto -30%- en una virtual consulta interna del Partido Liberal, por encima de dirigentes de esa colectividad de la talla de Rafael Pardo, Aníbal Gaviria, Rodrigo Rivera, Alfonso Gómez Méndez, Cecilia López, Edgardo Maya e Iván Marulanda (Gallup Poll 69, marzo 2009).

Propiciar actos humanitarios no es lo malo -insisto-; lo malo es usar lo humanitario para obtener dividendos políticos. Cuando se es humanitario por lo humanitario, no importa que los demás no se enteren; pero cuando en la actuación “humanitaria” lo más importante es el registro mediático, lo que allí se esconde no es la bondad del acto sino el interés del reconocimiento ajeno del acto. Esa es la trampa del político que posa de humanitario; su actuación poco tiene de altruista y sí mucho de interesada.

La acción “humanitaria” liderada por la senadora Piedad Córdoba responde a una estrategia de comunicación política que pretende hacerla visible para obtener el favor de los electores. Esta estrategia de figuración pública se vale del sentir de una buena parte de los colombianos que reclama el pronto regreso de los secuestrados y de la acuciosa necesidad de “primicias” que tienen los medios de comunicación. La propuesta mediática electoral de Córdoba y sus asesores juega a emocionar a los receptores de las transmisiones televisivas con las incomparables imágenes que produce lo humanitario (helicópteros, reencuentros, lágrimas, abrazos, manos cogidas como símbolo de victoria) y, de paso, movilizar hacia las urnas a los hasta ahora pasivos electores.

Esta estrategia -“lo maravilloso humanitario”- sale de una interpretación que hacen los asesores de Piedad Córdoba de la crítica de Régis Debray a algunos políticos de su país (Francia), que encontraron en la tragedia “del otro” una buena oportunidad para lucrarse políticamente. Afirma Debray que “el humanitarismo es narcisismo generoso en una sociedad donde la inquieta fascinación por uno mismo sirve de móvil a todos”. Y advierte que esas imágenes humanitarias son preformativas, es decir que, quien las ve, cree que es él quien las protagoniza, que él es quien realiza el acto humanitario. De allí la efectividad de lo humanitario para hacer política; así se logra sin mucho esfuerzo que las audiencias que aprecian el gesto se identifiquen con él y, una vez lograda esta identificación, se sella una especie de pacto que mueve a la acción: “(…) la imagen de la inocencia me hace inocente, o la de un acto heroico hace de mí un héroe activo. La performance consiste en hacer tomar una emoción por un compromiso”.   

Ese es el peligro de la actuación de la senadora liberal; el indolente y peligroso juego de lo humanitario; una apuesta donde el botín son seres de carne y hueso que, por desgracia, tienen en esa jugadora la única posibilidad de salir del secuestro y regresar a la vida, mientras que ella, “la humanitaria”, gana por partida doble.