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Por
Jairo Valderrama V*.
Si un pequeñín le
confiesa al Niño Dios en la carta de Navidad que
sí se comió a hurtadillas las galletas que mamá
guardaba en la alacena, se da por sentado para
ese menor que existieron unas galletas y,
quizás, existen una mamá y una alacena. En otro
hipotético caso, si un estudiante se disculpa
ante el profesor por no entregar para la fecha y
hora previstas el trabajo de historia, también
se da por sentado que previamente se fijaron una
fecha y una hora para la entrega de un trabajo
de historia, y que eso lo sabía el estudiante.
En el caso
de un mensaje escrito, siempre se posibilita
allí una interpretación mayor a la que en un
primer momento se pretendía. A veces, la
intención en un texto es esa; en otros casos, el
autor cree sólo exponer una apreciación concisa
y cerrada. Sin embargo, los seres humanos cuando
se comunican envían una información adicional,
que debe descubrirse entre líneas, sin acudir a
inferencias forzadas (como en los testimonios
del joven estudiante o el niño de las galletas).
Decimos más de lo que suponemos. De esta manera,
quizás, pueda desentrañarse alguna posición
acerca del asunto que esté tratándose, porque,
“cuando se la encierra, la verdad busca su
grieta para legitimar su libertad. Su poder es
ilimitado, y su extinción, una utopía”.
Los
periódicos también guardan algunos indicios de
ideas que parecen sólo sugerirse a los lectores,
de afirmaciones que se sueltan “sin querer
queriendo”,
de pensamientos aludidos… con intención plena o
sin ésta. La columna, uno de los géneros de
opinión del periodismo moderno, permite que se
construya para estos fines una tribuna
silenciosa y efectiva de este tipo, sobre todo
cuando alguien desea exponer un punto de vista
acerca de cualquiera de los acontecimientos que
causan impacto en la opinión pública nacional.
Con mucha frecuencia,
sugerir en las columnas una sinceridad
inexistente da pie a que pueda demostrarse algo
distinto. Al argumentar con una premisa
cualquiera, ésta ya indica aquello que se
admite, aunque no sea de manera explícita. Para
ello, por favor, repasemos las situaciones
citadas en el primer párrafo de este artículo.
Sólo con el propósito
de barruntar algunos objetivos ocultos,
examinemos unas muestras. Tomemos, a manera de
ejemplo, algunos apartes de tres de las más
recientes columnas de José Obdulio Gaviria en el
diario El Tiempo de Bogotá. La primera, Si yo
fuera asesor:
…un sectorcito del Partido Demócrata defiende
los puntos de vista de la extrema izquierda
latinoamericana y define a las Farc como partido
de 'oposición armada'. 4) Las Farc (a través de
ese sectorcito) influencian la política
demócrata contra Colombia. Han hecho condicionar
y limitar la cooperación gringa -que ellos
llaman ayuda- dizque para evitar que nuestros
militares repriman, desplacen y expolien al
pueblo.
Los comentarios en una
columna, por supuesto, son libres; pero la
validez de éstos toma fuerza si los argumentos
para defender una perspectiva determinada se
acogen a un proceso de razonamiento exhaustivo y
se alejan de la ambigüedad. La palabra
sectorcito (un diminutivo) en el contexto
colombiano manifiesta una carga despectiva,
literalmente se tiende a empequeñecer el objeto
mencionado, a considerarlo insignificante, de
poco valor. Distinto a hablar de un sector,
nada más. Y ese adjetivo se repite (lo que
aumenta la intención de desprecio) en el
paréntesis de ese párrafo.
Por otra parte, las
Farc, efectivamente, no son un partido; que se
sepa, no participan regular ni legalmente en
contiendas políticas nacionales. Pero, sí son un
grupo de oposición, y también de
oposición armada. Muy fácil es
demostrarlo.
Cuando el columnista
busca rebatir las acciones de algunos demócratas
estadounidenses, utiliza la palabra dizque,
que sustenta sólo un rumor; ello se refiere a un
dicen que (ese es el significado
literal). Así, pretende negar de tajo las
afirmaciones de quienes con pruebas han
publicado las acciones de algunos militares
cuando reprimen, desplazan y expolian
al pueblo. Basta usar sólo esa palabra,
dizque (bien situada, claro), para
insinuarles a los lectores que pongan en duda
las afirmaciones de esos políticos
norteamericanos; pero en la columna no hay una
demostración (argumentos válidos) de que ellos
mienten.
Un pasado reciente
El mismo columnista, en otro texto
titulado La estrategia de la crispación,
señala en uno de sus apartes lo siguiente:
Antes, los magistrados sólo se pronunciaban en
providencias. Llenaban, también, sí, decenas de
cuartillas en revistas especializadas de las
universidades, de las academias, o dictaban
conferencias con las que solían enriquecer el
debate jurídico.
La vida de los magistrados, en fin, era ajena al
boato. Su tiempo libre pasaba por la literatura,
la filosofía, la música, la tertulia y por los
fines de semana en familia...
La palabra boato (para evitar por ahora la
consulta al diccionario) se refiere a la ostentación
en el porte exterior; significa también vocería
o gritos en aclamación de una persona. En este
apartado de la columna, se intenta dejar en la
mente del lector que los magistrados de las
altas cortes antes se dedicaban a la actividad
académica más que a la pública; se insinúa que
éstos deben mantenerse allí; se sugiere que, de
conformidad con su investidura, ellos deben
expresar sus opiniones sólo en las providencias.
Nada más, sobre todo cuando las actividades del
gobierno son materia de análisis.
En otra de sus columnas, El Sumapaz liberado,
JOG expone una apreciación acerca de las
acciones del ejército en esa zona de
Cundinamarca:
El golpe de Sumapaz fue un cierto, certísimo
positivo del Ejército, otro de los tantos que
nos han ido liberando del terrible negativo del
secuestro y la muerte.
El
filósofo griego Aristóteles, considerado el
padre de la lógica, planteaba que, para que una
cosa exista, debe existir la contraria. La
ausencia de luz es oscuridad; ésta no puede ser
sin la otra. Habrá calor, porque existe el frío.
Entonces, si alguien menciona un cierto, un
certísimo positivo, es porque necesariamente
existe un falso, un falsísimo positivo.
Hay más: al escoger el artículo indefinido un,
de manera implícita se alude a la existencia de
más certísimos o de más falsísimos.
Esa es una forma, quizás inconsciente, pero no
por ello menos real, de admitir un hecho. Es
decir, que según JOG, sí existen falsos
positivos. Y, desde ese referente, cuando ya hay
denuncias de la muerte de varios inocentes en el
país, “un delito es mayor cuanto mayor sea la
injusticia de la que proceda”.
Con vuestro permiso.
*El profesor Jairo Valderrama Valderrama
es miembro del Grupo de Investigación en
Periodismo, GIP, editor de la revista Palabra
Clave, de la Facultad de Comunicación de la
Universidad de La Sabana, y profesor de la
asignaturas Comunicación e información escrita y
oral, y Redacción de Opinión.
jairo.valderrama@unisabana.edu.co
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