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Por
JAIRO VALDERRAMA V*.
El cuarto de los objetivos del Observatorio de Medios de la
Universidad de La Sabana señala que se debe
contribuir a que los ciudadanos tomen decisiones
con mayor libertad como consecuencia del consumo
de productos mediáticos de calidad.
Examinemos, someramente, hasta dónde llega la libertad de
las audiencias cuando reciben la información
regular de los medios masivos de comunicación.
Es evidente que la mayor parte de los
comentarios casuales o muy preparados de los
ciudadanos surgen de esos referentes impartidos
por la televisión, la radio, los periódicos y
revistas, y en los últimos tiempos de las
amplísimas versiones de las páginas en Internet.
Pero, estos modelos informativos, aparte de
generar conversaciones frecuentes, “sugieren” a
millones de seres humanos las pautas de
pensamiento y las actitudes que han de adoptar.
De ahí, su relevancia, porque esos contenidos en
gran medida determinan los modos de vida de esa
innumerable cantidad de gente.
De manera genérica, ahora se califica prensa a la
actividad propia del periodismo (incluidos allí
todos los medios), y para ejecutar sus fines se
acude a la palabra. Por tanto, resulta útil
patentizar la relación de ésta con el
pensamiento, con las conversaciones diarias y
con los procedimientos que cada quien adopta.
¿Noticias?
Cuando se intenta definir noticia, se acude a expresiones
como novedad (actualidad), interés público,
verdad, proximidad… No obstante, vale aquí
destacar una característica que un hecho debe
entrañar para que se califique de noticioso: la
trascendencia, entendida ésta como una
consecuencia de impacto, de alteración social,
en el diario vivir de las personas.
Muchos televidentes y lectores habrán percibido sucesos sin
esa relevancia, por lo menos en una pequeñísima
proporción. ¿De qué vale conocer si una actriz,
un cantante o una modelo de pasarela lucirán un
traje de color grana en cualquiera de sus
habituales y rutinarias presentaciones? ¿Cientos
o miles de personas que conforman la audiencia
dejarán de asistir a su lugar de trabajo, a su
colegio o decidirán si buscan una residencia en
el exterior porque en el próximo capítulo de la
telenovela de turno el protagonista le declarará
su amor, tantas veces guardado, a Paloma, a
Golondrina, a Alondra, a Rubí o a Esmeralda?
Inquieta mucho que varias de estas situaciones o de otras
semejantes se presenten como noticia, inclusive
que a manera de primicia se les dé un adelanto
en el primer segmento de los telenoticieros. Las
dos razones siguientes ya permiten despojarlas
de su carácter noticioso: el color del traje que
luce una persona famosa, por ejemplo, no guarda
ningún impacto que modifique el transcurso
regular de la sociedad. Y, en el caso de una
telenovela, la trama que allí se muestra es
fruto, casi todas las veces, de la ficción; por
tanto, el componente de la verdad desaparece.
Cuántos minutos y centímetros se destinan en la
televisión, la radio o los periódicos a revelar
este tipo de información, y cuántos hechos de
verdad trascendentales en esos mismos ámbitos se
dejan de lado y jamás serán conocidos por la
opinión general. “Se llenan los espacios
con vacuidad, con algo que en apariencia
interesa a la mayoría; pero con ello se oculta
un hecho que merecería tratarse” (Bourdieu:
1997: 23)[i].
Cientos de miles de personas confiesan que, de
los noticieros regulares, sólo les interesa la
sección deportiva o el espectáculo y la
farándula. Y con ese ingrediente que cautiva,
que emociona, se aplica un recurso para hacerles
creer a las audiencias que se están informando…
La periodista Nubia Camacho
Bustos[ii]
explica esa distinción de noticia acudiendo a un
procedimiento que quizás contradice las normas
de la investigación científica rigurosa:
identificando aquello que no es noticia. Es
decir: lo que no traspasa la esfera familiar, lo
que satisface los propios intereses, lo que
sigue el curso normal de la vida, lo que ocurre
todos los días de la misma forma, las
invenciones, especulaciones y predicciones del
periodista. Todo ello no es noticia.
Pero, atendamos otras perspectivas. Las noticias
(eso lo saben muy bien los periodistas con
experiencia) se estructuran a partir de
interrogantes básicos: qué, dónde, quién,
cuándo, cómo, dónde, por qué, cuánto, para qué.
Habrán notado, por supuesto, que los lugares,
las personas, los momentos, las maneras y las
razones cambian para cada noticia. Sin embargo,
al llegar al “para qué”, muy pocos analistas
descubren que el fundamento discursivo es el
mismo. Basta recorrer las secciones de los
telediarios para hallar las grandes
coincidencias de los contenidos. Se suministra
sólo una sensación de estar conociendo un nuevo
hecho y sólo se genera un “enclaustramiento
mental”,[iii]
porque “el telediario confirma lo ya sabido y
deja intactas las estructuras mentales”[iv];
se mantiene, en esencia, el reiterado mensaje,
el machacón doctrinario y comercial.
Desde esta simple lógica, cada quien sigue
defendiendo su artificial autonomía para emitir
“juicios” acerca de los acontecimientos diarios.
Muchos son los impresionantes pronosticadores
del ritmo nacional en materia política o
económica, a partir sólo de las versiones
mediáticas. Así “se alimenta” la audiencia.
También abundan los futurólogos del deporte que
predicen si un equipo de fútbol ganará, empatará
o derrotará a su rival. Por supuesto, muchos de
estos temerarios “intelectuales” desconocen el
programa político y doctrinario, encuadrado y
ajustado según los acuerdos con los medios; o
ese mismo oyente, lector o televidente supone
que los resultados de un juego en la industria
del fútbol dependen exclusivamente de un grupo
de deportistas.
A pesar de estos pocos indicios (hay muchos
más), las ingenuas audiencias califican de “el
mejor” al noticiero con mayor sintonía. Esa
diminuta y enclenque razón (se exceptúa para los
empresarios) impide denominar a un medio de
comunicación como de alta calidad periodística.
El propósito de esta reflexión consiste en
comparar estas apreciaciones con la relación
rutinaria que mantiene una persona ante los
medios, y que cada quien deduzca si, a partir de
esta panorámica, en realidad se informa con un
ajuste o una intención de acariciar la verdad.
Emoción sin razón
Si la prioridad de los medios, quizás en el
plano idealista, debe centrarse en servir a la
comunidad y no en servirse de ésta (Valderrama:
2005, 54)[v],
el fondo discursivo de los contenidos noticiosos
presenta razones diferentes. Todavía se
cuestiona el papel de los empresarios al
procurar convertir la información en mercancía:
cuando el periodismo persigue intenciones
rentables deja de ser periodismo y se convierte
en un remedo de éste.
Sacudir las emociones parece ser la más
recurrente de las estrategias para extender el
dominio sobre las audiencias. Por tanto, causar
indignidad, enojo, risa, alegría, llanto… para
aceptar o rechazar una idea o un hecho, se
convierte en uno de los medios cuando el
objetivo penúltimo consiste en acrecentar la
audiencia (el último es el dinero). Debido a su
naturaleza, los seres humanos entrañan
sensaciones duraderas, albergan siempre una
esperanza inacabable para transformarse algún
día en el famoso presentador, en la reconocida
modelo; añoran la oportunidad para cortejar a
una bellísima actriz o recibir atenciones de un
cotizado cantante para compartir una mesa.
Claro: aún no tenemos plena seguridad de que
esos ánimos de las audiencias respondan a
frustraciones comunes, que demandan un urgente
reconocimiento social. Quizás, todos ellos
buscan suplir sus carencias con la fantasía que
la Disneylandia mediática les brinda. Si las
audiencias se dedican más a razonar que a
sentir, pues el castillo de naipes se derrumba,
y se acaba el juego. Las personas más
vulnerables a esa imposición gradual casi
siempre padecen de carencias afectivas y, por lo
regular, desconocen elementales bases
intelectuales. “Los noticieros manipulan con más
facilidad a los que menos defensa cultural
poseen; porque estos últimos creen más…” (Ramonet.
1997. Pág. 107)[vi].
Si frente a los medios experimentan algún
sentimiento que mitigue esas privaciones,
entonces los miembros de ese descomunal grupo
humano asumen y se convencen de que esa es una
verdad, porque funcionó con ellos, por lo menos
en ese momento.
Por tanto, estos desprevenidos receptores
interiorizan, con lentitud pero con efectividad,
esas percepciones y las defienden; porque para
ellos eso representa la verdad. No es necesario
pensar; hay que sentir. “Si siente emoción al
ver el telediario, la información es
verdadera…” (Ibid, 19)[vii].
Y tal persuasión aumenta si el efecto se repite
en otras personas cercanas, lo cual les obliga a
inferir, por supuesto con error, que su aserción
es perfectamente firme. Quizás imaginan que la
generalización o masificación de una opinión es
suficiente para validarla. “Se rechaza el
análisis y las sensaciones ganan…” (Ibid. Pág.
20)[viii].
Y así, creyendo ser únicos e irrepetibles, se
configuran en copias extendidas de otros seres
humanos. Ese es el hombre masa.
El reconocido teórico Ignacio Ramonet nos
permite rematar la exposición con una sentencia
que anuda y, de manera contundente, impide
cualquier posibilidad evasiva frente a los
planteamientos relacionados con el manejo de la
calidad informativa en estos tiempos. Si una
cosa no existe, pues no es problema: no
beneficia, no lesiona...
El ingenuo televidente cree que se informa. Pero no. Hay tres razones:
en televisión el periodismo no es tal; es
distracción. Segundo: la sucesión de noticias
satura, sobreinforma; es decir, desinforma.
Tercero: informarse implica una actitud activa,
un esfuerzo intelectual (cuesta), y la pasividad
anula esa intención.
[ix]
Guardando las debidas proporciones y la
naturaleza de los elementos que aquí se
comparan, equivale a establecer la existencia de
un recipiente con una capacidad limitada y,
supongamos, también con una característica
selectiva. Es decir: como una sartén que sólo
admite una cantidad precisa y un tipo de
alimentos para su cocción. Nada más recibe. Si
otra es la intención, este instrumento
hipotético de cocina jamás funcionará, o
funcionará sólo aplicando estas disposiciones.
Con las personas debería de ocurrir una
situación parecida, pues se da por sentado que
la libertad es una facultad propia sólo de los
seres humanos, no de los utensilios de cocina.[x]
Pero, definitivamente, el teflón antiadherente
contra cualquier afirmación errónea y contra
cualquier falta de lógica en la exposición de un
discurso lo constituye la constante actitud para
controvertir. Una persona estructura y refuerza
esta defensa en la educación fundamentada,
sólida, permanente y, no sobra reiterarlo,
auténticamente libre. Un concepto emitido a
partir del engaño, de la coerción o de la
ignorancia, por supuesto, jamás soportará una
merecida validez. Y eso sucede, con bastante
frecuencia, con la información mediática.
Aunque conscientes del riesgo que guardan
algunas generalizaciones, la vulnerabilidad de
los seres vivos permanece, y la del hombre se
reafirma. “Si no hay estructuras mentales
innatas, los humanos son organismos puramente
plásticos e informes. Entonces, son los objetos
ideales para el moldeamiento de la conducta”
(Chomsky: 1970. Pág. 37)[xi].
*El profesor Jairo Valderrama Valderrama
es miembro del Grupo de Investigación en
Periodismo, GIP, editor de la revista Palabra
Clave, de la Facultad de Comunicación de la
Universidad de La Sabana, y profesor de la
asignaturas Comunicación e información escrita y
oral, y Redacción de Opinión.
jairo.valderrama@unisabana.edu.co
[i]
BOURDIEU, Pierre (1997). Sobre la
televisión.
Editorial Anagrama. Barcelona.
ii]
BUSTOS Camacho, Nubia (2001). Manual
de periodismo. La noticia. Universidad de La Sabana.
Chía.
[iii]
Op. Cit. Bourdeau. Pág. 32.
[iv]
Ibid. Pág. 65.
[v]
VALDERRAMA, Jairo (2005). La
información, aprisionada por el poder y
el espectáculo. En revista
Comunicación, volumen 14. Instituto
Tecnológico de Costa Rica. Cartago,
Costa Rica.
[vi]
RAMONET. Ignacio. La tiranía de la
comunicación.
Barcelona, 2002.
[vii]
Ibid.
[viii]
Ibid.
[ix]
Ibid. Pág 25.
[xi]
CHOMSKY, Noam (1970). Sobre política
y lingüística. Editorial Anagrama.
Barcelona.
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