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Por: María Cristina Ocampo
Tomamos el camino
equivocado pero todavía estamos a tiempo de enderezar el
timón. Esto es grosso modo lo que puede extraerse de leer
las conclusiones de la Misión de Economía y Humanismo que
lideró hace 50 años fray Louis-Joseph Lebret O.P. y que
entre otras cosas alertó sobre la falta de conciencia de las
elites que conciben el desarrollo como "el crecimiento
indefinido de sus propios ingresos". Esa concepción
equivocada es la causa más profunda de la actual crisis
económica mundial.
En 1955, el gobierno colombiano contrató una Misión de
estudio con el fin de plantear alternativas de desarrollo
para el país. La Misión, liderada por el dominico francés,
entregó los resultados de tres años de investigación y
análisis en 1958 al entonces presidente Alberto Lleras
Camargo. Cincuenta años después, las recomendaciones del
fraile cobran total actualidad, pues parecen haber sido
redactadas el día de ayer. Entre otros asuntos, Lebret hizo
un llamado a los grupos poderosos para que participaran en
la construcción de un desarrollo proporcionado, coherente y
autopropulsivo del cual se beneficiaran las capas deprimidas
de la población. Concluyó que los grupos de altos ingresos
tienen la tendencia a orientar en su propio beneficio las
inversiones del Estado y los préstamos internacionales.
Igualmente, el estudio alertó sobre algunos comportamientos
antiéticos que atentan contra el desarrollo del país, todos
vigentes en la actualidad:
• Utilización
casi irracional del suelo.
• Afición irreflexiva y exagerada por productos extranjeros
de los cuales se podría prescindir.
• Entusiasmo por grandes proyectos costosos
insuficientemente estudiados.
• Anarquía de experiencias no preparadas y carentes de
coordinación.
• Escaso interés en la investigación científica basada en
datos colombianos.
Además, se ocupó
de aspectos como el problema agrícola e indígena, de tanta
actualidad, que ya era evidente a mediados del siglo pasado.
Lebret hizo un llamado a los gobiernos para que no trataran
de resolver este problema con medidas simplistas, sino más
bien considerarlo en su conjunto con un gran sentido de
equidad. "El progreso no consiste en uniformar", concluía.
Ascenso humano real=Desarrollo
Terminada la primera década del siglo XXI, toda la sociedad
debe asumir una actitud proactiva encaminada a superar los
efectos nocivos de una crisis que tuvo sus orígenes en la
ambición incontrolada de las entidades financieras
norteamericanas. La coyuntura a la que nos vemos enfrentados
debe constituirse, por lo tanto, en una oportunidad para
trabajar mancomunadamente en la solución de los problemas
más graves: la reducción de los altos niveles de pobreza, la
desigualdad, la inequidad y la falta de oportunidades reales
para los más necesitados. Tanto el gobierno como la sociedad
deben enfocar los esfuerzos por la construcción de un
desarrollo concebido como un ascenso humano real,
armonizado, que le permita a las personas tener más,
participar más y decidir más en prosperidad, seguridad y paz
social.
Los simples esfuerzos por lograr un mayor crecimiento del
Producto Interno Bruto, basado en la especulación y la
reducción de la remuneración salarial, no garantizan el
desarrollo y en especial el desarrollo para ese 60% de la
población que se encuentra en estado de pobreza.
Retomar el pensamiento lebretiano y revisar sus
recomendaciones, medio siglo después, es una tarea urgente
que debiéramos acometer todos, liderados por el Gobierno
Nacional.
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